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La necesidad del Coaching

La necesidad del Coaching

Imagínate que cada día te llamo por teléfono al comenzar la mañana. Tras saludarte y desearte un buen día, te leo tu futuro mediante unas bonitas cartas de tarot, gemas, o lo que más gustes. Conozco muchos métodos, todos infalibles. Te cuento durante tu desayuno todo lo que te va a ocurrir durante el día. No te preocupes, cada mañana podemos hablar, y estarás durante todo el día viviendo lo que te he pronosticado. Prometo que no descansaré y nunca me iré de vacaciones, estaré siempre a tu disposición cada mañana. Ya no tendrás que preocuparte más en tu vida, porque todas las mañanas sabrás cómo va a acabar el día.

Sería sencillo, ¿no?, al menos eso pensaba yo. Por más que vendo este servicio nadie lo compra. Aún no sé si es porque no creen en mis habilidades de adivino o porque simplemente les asusta la idea de conocer su futuro. Nadie quiere algo así, porque entonces parece que se está limitando la libertad de las personas. Alguien pensará… bueno, yo no quiero que me llames todos los días, pero sí alguno. No, no, eso es trampa, o todos los días o ninguno, es el trato.

Es hora de ser responsables y no confiar tanto en lo que nos digan del futuro. Será bueno empezar a entendernos, a apreciarnos por lo que somos, y de que entre todos, trabajemos por un mundo mejor. Para ello es necesario conectarnos con nuestra parte más íntima, más personal, y empezar a desarrollar lo que sentimos cada persona en este mundo. Tuve oportunidad de compartir con el gran Julio Olalla, uno de los creadores del coaching, la idea general en la que nos ha ido encauzando la ciencia en los últimos 500 años. Desde tiempos atrás se presta más atención a la ciencia que a otra serie de características menos tangibles por lo que los sentimientos parece que se han ido aislando poco a poco. Sólo es válido todo lo que sea demostrable de forma repetida, y precisamente, los sentimientos son algo muy personal.

Hace siglos la virtud era un bien perseguido. Había que conectarse con la esencia de uno mismo y alinearse con la energía que nos unía a este mundo. Me hizo Julio Olalla consciente del cambio que habíamos generado progresivamente desde la Edad Media, momento desde el que vivimos empeñados en que la ciencia defina cada átomo del mundo. El conocimiento de cada individuo no es válido sino es contrastable en otras personas, por lo que poco a poco, hemos ido anulando nuestro ser interior, para hacer valer el conocimiento colectivo. Ahora hay que medir, calcular, gestionar, y todo el que no esté alineado con estas ideas, debe plantearse medicarse con antidepresivos porque está camino de la locura.

Son precisamente los antidepresivos las pastillas más consumidas en los últimas décadas… ¿es que nos hemos vuelto todos locos? ¿O quizás estamos quedando cada día más vacíos y llenos de preguntas? Parece que nuestra desconexión con nuestro interior es el principal motivo por el que el coaching está surgiendo con fuerza como nueva práctica en el mundo. Quizás ha venido a quedarse, para conseguir en un futuro acabar con muchas de las pastillas que se consumen sin sentido emocional, pero con coherencia científica racional.

De pequeño hacía grandes desplazamientos en tren para llegar a mi destino de vacaciones. Era casi un día de viaje, donde tenía tiempo de mirar por la ventana el paso de todos los paisajes. Cada año era capaz de reconocer muchos tramos, y sonreía al ver pasar algunos parajes familiares. Supongo que mi cara pegada al cristal con la curiosidad por saber más por el mundo debía hacer sonreír a más de un pasajero. ¿Qué pasa hoy en día que los niños van pegados a un DVD portátil con los últimos dibujos animados y no miran ni una sola montaña? Bueno, los padres van enganchados a un móvil, y prefieren que los hijos anden ocupados… ¡así no hacen ruido y se portan bien! Por mi parte no hay problema pero, ¿estamos criando robots o personas humanas? Me asusta cada vez que lo pienso.

Nos hemos ido encargando de generar un agujero entre nuestro mundo interior y el mundo exterior. Hasta que mucha gente, estresada hasta la saciedad, termina con depresiones y comienza a meditar y reconectar con todo lo que había dejado atrás. Otra mucha gente, jamás tiene oportunidad, y lo que es peor, ni se plantea la necesidad de conectarse interiormente, ya que las experiencias que no se pueden explicar, se tienden a esconder. Pierde importancia cómo nos sentimos, y en cambio miramos sin pausa qué piensan los demás de nosotros.

Cuando comenzamos un nuevo trabajo, las preguntas que nos enseñan a formular son del tipo, ¿qué piensan los demás de mí? ¿Estoy realmente consiguiendo pertenecer a esta empresa? ¿Cómo me miden el rendimiento en mi empresa? Pero pocas veces se pregunta uno, ¿cómo me siento? Cuanto menos nos hagamos esa pregunta, más competitivos seremos, más profesionales, más alineados con los valores de la empresa. Más, más y más.

Mi madre siempre me enseñó a sentir, a tocar las cosas, a mirar los paisajes. Siempre le estaré en deuda por tan buenas experiencias que habré recibido de su mano. Pero por mucho empeño que puso, el sistema acabó con todo su esfuerzo. Después de una ingeniería, un MBA, varios trabajos, y vivir en constante competencia, el mundo se encargó de apartar mis emociones a un lado. Lo importante era lo que pensaban los demás de mí, y me llevaban a formularme preguntas como, ¿cuál será el trabajo con el que más éxito me recordarán?, ¿cuál será la casa o el coche con la que más pueda presumir? Y lo que es peor… ¿con cuántas mujeres me tengo que acostar para que entiendan que tengo éxito en el amor?

Era muy inteligente, y la gente pensaba que tenía mucho éxito, aunque estuviera vendiendo mi alma al diablo. La vida decidió parar lo que yo no era capaz de cambiar por mí mismo. Un desgraciado en moto me arrolló y me hizo volar por los aires, dejándome con una parada cardio-respiratoria y sin oxígeno en el cerebro durante unos largos segundos. Como expliqué en un capítulo de mi anterior libro, “Autocoaching para despertar”, pude ver la muerte de cerca.

Pero pocas veces he contado que mi lado racional se apagó por completo durante meses, y supongo que quedó bien dañado desde entonces. Un día lloré sin parar al escuchar la voz de cada persona, pensando que estaba vivo y podía oírles nuevamente. Terminaba cualquier película y comenzaba un llanto profundo por sentir cada emoción que habían querido reflejar los actores. Muchas veces sigo llorando de emoción al escuchar una canción, o al ver un paisaje inolvidable. Agradecido al mundo por seguir vivo, poca gente comprende por qué comienzo a llorar como un dulce niño. Ni que decir tiene, que antes del accidente no hacía cosas así, quizás porque el sistema me había enseñado que llorar es de cobardes.

Se podría decir que aprendí cosas nuevas. Pero no fue un aprendizaje, fueron experiencias muy reales, que me hicieron sentir mi yo más profundo. Ahora sé, que llorar no es de cobardes. Es más, entiendo que quien se niega a llorar, es un cobarde, y probablemente acabará con una pastilla antidepresiva para paliar tan intensa amargura. Ya no me molesta que me vean llorar en público (con motivo, claro) porque entiendo que se expresa mi interior. Me encanta no ocultarme, quizás porque no estoy compuesto de cables, sino de emociones.

Retengamos por un momento en la matriz siguiente las principales ideas que he intentado transmitir, y pongamos énfasis en situarnos. Desde nuestro interior como personas, hasta el exterior como todo lo que nos rodea. Desde nosotros como sujetos, hasta un colectivo como grupo de personas. Comprobemos la siguiente matriz, que es la base de muchos trabajos de Ken Wilber:

Interior Exterior
Individual ¿Cómo me siento? ¿Qué piensa de mi otra persona?
Colectivo ¿Me siento parte del grupo? ¿Qué piensa de mí la sociedad?
Las partes resaltadas en negro son las que la ciencia nos ha enseñado a contrastar sin problemas. Es más, sabemos medir a la perfección a otros, valorar todo lo que nos rodea, pero nos solemos negar a medirnos y a sentir nuestro interior. ¿Cuántas veces estamos haciendo algo por compromiso sólo por satisfacer a los demás cuando en el fondo estamos sufriendo enormemente? Hace tiempo que dejé de anteponer los deseos de los demás a los míos, principalmente porque entiendo que me rodeo de gente que me quiere ver feliz, no aparentándolo.

No dejo de comprobar una y otra vez personas que no realizan sus sueños porque piensan que dejarán de ser aceptadas en sus núcleos familiares, laborales o sociales. Los deseos de los demás, de cómo van a ser vistos, de cómo los van a valorar, están por encima de sus propias necesidades. Nos olvidamos de valorar muchas veces lo que tenemos, y sólo cobra valor, cuando nos damos cuenta por los demás que ya no lo tenemos.

Las ideas de Julio Olalla me ayudaron a poner orden a mi cabeza, y a darme cuenta que es más importante lo que siento que lo que piensen los demás. Hay que cuidar las formas, sí, porque tampoco es cuestión de ir haciendo el loco. Pero el problema es que mucha gente nunca se da permiso para hacer un poco el loco, y al final, viven la vida que quieren los demás. Llegó el momento de vivir, eligiendo lo que quieres hacer y sentir con la gente que te rodea y apoya, y para eso, el coaching nos ayudará más que nunca.

 

Autor: Pedro Amador
Ingeniero informático. Executive MBA por ESADE.
Fundador y socio director de Autocoaching®
Autor de Autocoaching para despertar (LID Editorial 2010)
Ponente de LID Conferenciantes

pam@lidconferenciantes.com
www.autocoaching.info

 

 




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