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Nuestras amigas, las creencias

Nuestras amigas, las creencias

La especie humana ha evolucionado mucho a lo largo de los tiempos, y cada vez nos sentimos con más capacidad de entender nuestro comportamiento. En cambio, como se descubre en muchas sesiones de coaching, según nos hacemos mayores, nos vamos rodeando de creencias, muchas veces limitadoras, que nos impiden desarrollar todo nuestro potencial. Para explicar el origen de nuestras creencias, nada mejor que ilustrarlo con unos pequeños esquemas y ejemplos.

A los ingenieros nos gusta mucho analizar las cosas con un esquema de causa-efecto, también conocido como la ley de la consecuencia, retribución o compensación. Normalmente controlas las causas y sabes qué efecto van a tener, al menos cuando has pasado por una serie de experiencias. Por ejemplo, si pulsamos el pedal del freno (causa), encontraremos que el coche frena (efecto).

En el caso de los problemas con personas, es necesario incluir los pensamientos y emociones, lo que complica mucho más el esquema de representación causa-efecto. El siguiente esquema nos ayudará a prestar atención a algunos de los nuevos elementos de análisis. Las causas primeras, en este modelo, las constituyen la formación, los estímulos y el contexto. En general, somos personas con valores que recibimos un tipo de formación y eso nos ofrece una forma de pensar. También recibimos una serie de estímulos (frío, caricias,…) que nos hacen sentir de una forma determinada. Por último solemos actuar en base a un contexto concreto, por ejemplo, no se suele gastar igual cuando se está en crisis económica.
Según estas causas primeras, obtenemos unos efectos determinados; unas ideas según nuestra forma de pensar; unos sentimientos, según cómo sintamos; y realizamos unas acciones determinadas según nuestra forma de actuar.

Llegamos entonces a generar un montón de creencias. Las creencias se definen como opiniones y puntos de vista personales que se tienen sobre cada una de las facetas de la vida, y que conforman nuestra manera de entender el mundo. Nuestros valores influyen en nuestro pensar, nuestro sentir y nuestro actuar; en la manera en que se forman las ideas; se crean los sentimientos para reflejar nuestros distintos estados de ánimo; y finalmente, en cómo se ejecutan las acciones más coherentes de entre las muchas alternativas por las que podemos optar. Eso reflejará y cambiará nuestras creencias de cómo es el mundo, a buen seguro para mejor, pero siempre según nuestra propia perspectiva.

Por ejemplo, hay mucha gente de avanzada edad que fuma tabaco pese a que sabe, con su actual formación, que es malo para la salud. Probablemente a una temprana edad, bajo un contexto de gente en la que deseaba aparentar ser mayor, comenzó a sentir el humo en sus pulmones. Pese a que el sentimiento no era muy bueno (a nadie le agradan esas primeras caladas), al actuar bajo el contexto de sus compañeros, conseguía el efecto deseado: “aparentaba ser más adulto de lo que era”. Poco a poco, alimentaba la creencia de “el fumar no es tan malo, y me posiciona socialmente”. Llega un momento en el que esa creencia es tan fuerte, que no la pone en duda, y tendría que realizar un ejercicio neuro-lingüístico de desprogramación, pues a fin de cuentas, ya no tiene que aparentar ser mayor y el tabaco no tiene nada de bueno.

Es interesante observar cómo cada estímulo genera emociones que tienen un reflejo en nuestras acciones. ¿A qué prestamos atención a nuestro alrededor? No olvidemos que una mente que tiene miedo, sentirá y actuará atemorizada. Además, por mucho que nos conozcamos y definamos aquello que queremos cambiar, nuestro sistema nervioso siempre tenderá a comportarse de la manera habitual. Esto implica ejercitar los nuevos músculos necesarios para obtener los efectos deseados.

Este modelo ha sido simplificado para entender mejor la importancia de las emociones. Desde una mirada más sistémica y dinámica, lo importante es indicar que todo pensamiento descansa en premisas emocionales. Dicho de otra forma, los activadores emocionales son más profundos y difíciles de controlar que los racionales, pero no necesariamente se imponen en todos los casos. Tampoco es relevante aquí analizar si es previo el pensar al sentir, debate que prefiero dejar al margen de esta lectura. Baste indicar que nuestras formas de pensar, sentir y actuar no se pueden separar, y forman un todo, en un esquema de causa-efecto.

Debes analizar todas las formas de pensar, sentir y actuar e identificar todas tus creencias y clasificarlas de acuerdo con la información disponible en cada momento, en limitadoras y potenciadoras. Trabaja las potenciadoras, de este modo podrás alcanzar el éxito y superar las crisis de acuerdo con tus valores. Tus creencias influirán en que mejores tu situación económica, así que préstales mucha atención. Ya va siendo hora de que te empieces a valorar, y dejes a un lado la falta de confianza en ti mismo, basada en creencias limitadoras y que algunas veces son erróneas.

Las creencias limitadoras son el principal obstáculo, y las culpables de que no alcances las metas ni vivas de acuerdo a tus valores. Siempre es bueno preguntarse: ¿qué me impide alcanzar el éxito? Las creencias limitadoras suelen tener su origen en la infancia, permanecen ocultas en nuestro subconsciente y no las evaluamos conscientemente. También las creencias limitadoras nos llegan a través de los medios de comunicación, de las personas con las que interactuamos normalmente, de la sociedad, de la familia, de los amigos, etc.

Las creencias, tanto limitadoras como potenciadoras, están habitualmente construidas sobre nuestras experiencias, y en cuanto retroalimentan nuestros valores, también son principios de acción por los que actuamos como si fueran verdades ciertas y demostradas. Por ejemplo, si crees que eres una persona agradable, actuarás como tal, abordarás a la gente abiertamente, te mostrarás sociable y disfrutarás de la compañía de otras personas, que a su vez te acogerán con agrado, y eso reforzará tu creencia.

El mundo tiene sentido y se hace predecible para nosotros cuando se confirma nuestra forma de interpretarlo. Incluso puede suceder que nos recreemos en el desastre, a condición de que lo hayamos predicho. Por ejemplo, «ya te lo dije» es una frase muy satisfactoria, no porque hayamos deseado que la cosa saliese mal, sino porque nuestras creencias quedan confirmadas.

En el segundo libro, “Autocoaching para despertar“ (Ed. Lid), se ayuda al lector a conocerse por dentro y a poner en duda las creencias adquiridas. Una persona sin creencias limitadoras, está preparada para alcanzar el éxito, ¿te sientes con ganas de empezar?

 

Pedro Amador
Ingeniero informático. Executive MBA por ESADE.
Fundador y socio director de Autocoaching®
Autor de Autocoaching para despertar (LID Editorial 2010)
Ponente de LID Conferenciantes

pam@lidconferenciantes.com
www.autocoaching.es

 

 




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